Hace poco, descubrí a una cantante española llamada Valeria Castro, sus letras y ritmos cautivaron mi alma en búsqueda de desacelerar el ritmo de vida que he llevado por tantos años, y mientras escuchaba la canción La Raíz , una frase que se quedó dando vueltas en mi corazón:
“Y tú, que siempre has intentado tener tanto cuidado
Con lo que estaba cerca pero no en tu mano;
Y tú, tendrías que ver el alma que tiene tu garganta
Que solo así se aprende a ver el mar en calma”
Y me detuve. Escuché la canción unas 5 veces seguidas y empezaron a venir a mi mente todos esos momentos en los que las cosas que se salían de mi control simplemente sucedieron y yo me pasé esa estación de mi vida muy mal. Y la razón de que una canción tan sencilla como poderosa me hiciera reflexionar a ese nivel de profundidad es porque no decía simplemente “ver el mar en calma» dice aprender a verlo. Como si la calma fuera algo que se tiene que desaprender y reaprender después de tanto tiempo viviendo de tormenta en tormenta.
Cuando el mar de aguas inquietas ahogan la Paz.
Muchas de nosotras hemos vivido durante años mirando un mar que ruge sin descanso, en modo supervivencia. Las olas de la ansiedad, el dolor, la incertidumbre o la pérdida nos golpean una y otra y otra vez. Se nos pasa la vida defendiéndonos. Esperando el próximo golpe. La mente alerta. El cuerpo tenso. Con el corazón endurecido y rodeado de murallas, no por falta de amor, sino por exceso de heridas. Tratando de controlar lo que no nos corresponde, lo que no podemos, lo que no nos deja florecer. Con esa sensación de no poder tomar un respiro porque viene una ola tras otra que nos impiden dejar de movernos en todas direcciones. Para otras no será una situación recurrente pero habrán atravesado algo similar en algún momento, tal vez lo estés atravesando ahora mismo; todas estamos en búsqueda de lo que nos de paz para poder funcionar en calma.
Y tal vez te ha pasado como a mi, que cuando finalmente llega ese momento de paz, cuando las cosas no están mal, cuando hay silencio, cuando ya esa situación ha pasado, nos sentimos de repente incómodas. ¿Y ahora qué hago? ¿Por qué esto me parece raro? ¿No será que algo malo viene? La calma se vuelve sospechosa y tenemos esa sensación inconsciente de que otra tormenta se avecina. Y sin darnos cuenta, buscamos esa nueva tormenta, porque al menos el caos nos resulta familiar. Detonamos discusiones innecesarias con nuestros seres queridos, con compañeros de trabajo, con la cajera que se equivocó al momento de darte el cambio o tardó un poco más de lo que esperabas, con el mesero que confundió tu orden y hasta con el perrito de la casa. Podemos acostumbrarnos tanto al caos que es el único medio que entendemos para navegar, y viene a mi mente el término Adicción al Conflicto: cuando las personas, sin darse cuenta, buscan o generan conflicto porque su sistema nervioso se acostumbró a vivir en alerta o en el caos. Y me he visto sumergida en esta situación muchas veces, he saboteado relaciones sanas, he permitido que los traumas del abuso y violencia que viví se disparen aún sabiendo que pude haberlo evitado y no podemos besar heridas para borrar sus cicatrices, estas quedan. Es algo en lo que he estado trabajando, es difícil, es retador, es duro pero no imposible.
Por eso el aprender a ver el mar en calma es ahora tan importante para mi, no se trata solo sobrevivir a la tormenta, o en muchos casos evitarla, se trata de que mi alma aprenda a nadar en la Paz del mar de la vida sin chapotear desenfrenadamente como queriendo replicar la tormenta porque se me ha olvidado como flotar con lo ojos cerrados y respirando intencionalmente.
Aprender a confiar en la calma es un paso para sanar.
Aprender a ver el mar en calma es un acto profundo de sanación. Es dejar que la vida nos sorprenda con su dulzura. Es permitirnos descansar sin culpa. Es mirar el cielo sin buscar nubes grises. Es entender que no todo lo bueno va a romperse. Es no tomarnos todo de manera personal para iniciar un conflicto. Es aprender a soltar lo que no me pertenece y abrazar lo que me corresponde conservar dentro de mi. Es entender que sí, que merecemos estar bien. Que podemos habitar una vida más suave, más serena, más pausada y con más propósito que la de nadar sin éxito a la orilla para sobrevivir. Quiero vivir en la plenitud de la calma.
Y todo eso no se logra de un día para otro. Se aprende. Como se aprende a respirar profundo después de una crisis. Como se aprende a dormir bien después de años de insomnio. Como se aprende a amar sin tener miedo de ser abandonadas. Como se aprende a no tratar en vano de controlar todo eso que indiscutiblemente va a pasar, y esto lo aprendo a aplicar especialmente a mi maternidad . Como se aprende a vivir en pareja mirando a través de los cristales del amor sano. Como se aprende a confiar en el Dios que controla y calma los mares.
“Cambió la tempestad en suave brisa: se sosegaron las olas del mar. Ante esa calma se alegraron y Dios los llevó al puerto anhelado.”
Salmo 107:29-30
El Dios de calma.
Yo creo firmemente en que Dios comienza a calmar el mar pero necesitamos confiar y creerlo. La tormenta no dura para siempre. El problema es que, a veces, cuando el mar se serena, no sabemos cómo habitar ese espacio de paz. Nos cuesta confiar en la calma. Dudamos de que sea real. Pensamos: «algo malo va a pasar».
Aprender a ver el mar en calma es un proceso, así como el florecimiento. No se trata solo de disfrutar el descanso, sino de aprender a recibir la paz como un regalo, no como una trampa que nos hará bajar la guardia. Es sanar lo suficiente para dejar de vivir en modo supervivencia. Es dejar de sospechar de la alegría. Es soltar el miedo al amor, a la ternura, a la belleza de lo sencillo y a los detalles.
Hoy te invito a confiar en la calma que incluso podemos encontrar en medio de una tormenta. Dios está contigo aunque no lo sientas y aunque no lo quieras, créeme que te hablo desde mi experiencia.
También te invito a mirar el horizonte sin esperar una tormenta.
Te invito a dejar que tu cuerpo, tu mente y tu alma descansen sin culpa ni miedo.
Porque hay un tiempo para luchar, pero también hay un tiempo para sanar y florecer.
Y si aún estás en ese proceso, si apenas está asomándose al mar en calma, no te apures. Dios es paciente, sé paciente tú también, compasiva y amorosa contigo misma. La sanación también se aprende con pasos pequeños, como va creciendo una planta hermosa, fuerte y saludable, desde esa pequeñita semilla, cuida tu raíz, riega y nutre tu alma, busca ayuda, no temas en decir que estás pasando por una tormenta porque no estás sola.
Descubre más desde Thumbs Up Girl by Raquel Leal
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.